Jornaleras de San Quintín*

Aejandra

“Llegué de Oaxaca a San Quintín cuando tenía tres años de edad, a los 12 estudiaba, pero trabajaba los fines de semana y vacaciones en el campo. Desde entonces he sido jornalera. Ahora tengo 24 años. Vivo en un cuarto (en un conjunto de los llamados cuarteríos, que comparten baño). Mi esposo acaba de irse a trabajar a Estados Unidos, pero allí hemos vivido él, dos hijos nuestros (un niño de dos años y una niña de seis) y tres hijos mayores que son de él, de 16, 17 y 18 años. Pagamos 600 pesos mensuales de la renta. En los otros cuartos viven mi mamá, mis hermanas, mis cuñados y mi tío y mi tía. He trabajado en fresa, pepino, tomate, cebolla y ejote. Me muevo de un rancho a otro, buscando donde hay trabajo y donde ve uno que va saliendo un poquito más [de ingreso]. Trabajo de lunes a sábado, nunca he tenido vacaciones. Las cosas están muy caras. La semana pasada la cartera de 30 huevos bajó a 31 pesos pero llegó a estar a 68, a 71 pesos. Con siete en la familia, ese huevo alcanza para dos o tres comidas, nada más y apenas. Y la Maseca, la harina, de cinco kilos está a 40 y tantos pesos, casi 50. Gano 120 pesos al día, ¿qué puedo comprar con eso? Además de la renta y la comida hay que pagar luz, gas, agua… En los ranchos las condiciones no son buenas. Muchas veces me ha tocado tomar agua salada, y hay que tomar porque estás bien cansado de que andas trabajando con el bote del pepino, del tomate, las tareas, desmantelando, quitando la mata del pepino… El pepino tiene mucho ahuate (espinas pequeñas) seco, hay que sacarlo, hay que quitarlo, y está bien, pero por lo menos deberían darnos agua dulce. Ellos dicen que es potable, pero sabe a estanque, tiene lama verde, yo creo que es de mar y proviene de la desaladora. Cuando la tomas, te empieza un dolor de estómago tremendo. En la circunstancia de la fresa, es igual, en el rancho donde me ha tocado trabajar, Santa Mónica, es donde dan esa agua salada. Además, no nos dejan salir hasta la tarde, no aceptan si dice uno que va a pedir permiso para salir temprano, porque uno se cansa, trabaja uno los seis o hasta siete días y duele la espalda. Y todo es muy injusto. La caja de fresa la pagan a diez pesos, ya la segunda (calidad) es a ocho, cuando uno se da cuenta, en su plática en la oficina, que la caja la exportan arriba de 15 dólares. En el pepino y el tomate el pago a los jornaleros es menos. Lo mejor es la fresa, dura tres meses la pizca, trabaja uno duro pero es una matanza; te puedes ganar dos mil o hasta tres mil pesos por semana, pero terminas la jornada a las 6:00 o 7:00 pm, cuando la luz del sol ya no es buena y hay riesgo de cortar la fresa verde. Y hay otras situaciones. Donde trabajo ahora, el baño está asqueroso a diferencia de los ranchos grandes donde los baños sí están bien. O los mayordomos, hay algunos que te preguntan si eres casada, te empiezan a acosar; se te acercan y por cualquier motivo te tocan. Si rezongas, te empiezan a tratar mal o te dicen que tal día no hay trabajo y en realidad sí hay. Hay machismo. Con el sueldo por día trabajas de siete de la mañana a 3:00 o 3:30 pm y llegas a tu casa a las 4:00 pm, pero uno busca el tomate, si le echas ganas puedes ganar 150 pesos, aunque llegas a las 5:00 pm a tu casa. A veces se enferman mis niños y pido permiso. Hay mayordomos que no lo dan aunque les lleves justificante. Cuando me enfermo, con gripa o tos, sigo trabajando. Si no trabajas, no ganas. Sí nos dan Seguro Social para unas cosas pero para otras no. Cuando tuve mi último embarazo no me cubrió el ultrasonido. Y aunque dijeron que me iban a pagar la incapacidad, me trajeron de un lado al otro, de la empresa, al banco, al Seguro, y otra vez, y nunca me pagaron nada. En el rancho donde trabajo ahora me pagan 20 pesos por surco. Son como 80 metros por surco, y hay que ir desbrotando la mata de pepino. Si te apuras y le echas ganas te llevas 120 o 130 pesos por día. Los surcos para plantar cebolla los pagan a 25 pesos, son como de cien metros. Imagina, hay que agacharse hasta el tope y son cuatro dedos entre cebolla y cebolla que se planta. Hay terrones, haces a un lado el terrón y le vas encajando el dedo, luego plantas la cebolla; llevas el costal de cebollas amarrado en la cintura. Mi esposo tuvo que irse a Estados Unidos, se acaba de ir. Fue a buscarle por otro lado, pues aquí ya no se puede. Metió papeles y papeles, logró sacar su pasaporte, y se fue contratado. Yo no voy, pues no llevan mujeres. El rancho de allá lo lleva por tres meses, regresa y al parecer le vuelven a dar contrato. Se siente feo, imagina, porque cuando a uno se le atora la carrera el otro dice ‘no te desesperes, se va a poder’. Y ahora que se fue, ¿a quién le digo? Tuvimos que pedir un préstamo a un señor que cobra 15 por ciento mensual de intereses. Pedimos siete mil pesos para pagar lo del pasaporte, la ida a Tijuana, la visa… Cuando él gane, me va a mandar dinero, pero va a ser para pagar. ¿Vale la pena? Espero que sí, porque por más que uno quiera, no vamos a poder comprar terreno con lo que ganamos aquí. No hay que uno diga que va a poder guardar para un futuro, o que alguien se enferme y lo pueda uno llevar al doctor particular. Estoy pidiendo a Dios que mis hijos no terminen siendo jornaleros, por eso él se fue a Estados Unidos, para evitar eso. Los hijos jóvenes de mi esposo ya son jornaleros. Se pusieron a trabajar porque no alcanzaba y no podíamos pagarles los estudios (inscripción, transporte, cuadernos, pues iban a escuela pública)”.

    

FOTOS: LOURDES RUDIÑO
Doña Martha



“Vine de Oaxaca hace 20 años. Tengo 38. Trabajaba en el campo en Oaxaca. Allá es diferente. El patrón nos daba la comida. Aquí no y en algunos ranchos tenemos incluso que comprar agua para beber. Llegué con engaños de que íbamos a ganar más; había ido a trabajar a Sinaloa, y de allá me trajeron a San Quintín. Llegué con mi hija chiquita y luego tuve otros cuatro hijos. Ganamos muy poco, no alcanza. Todavía me acuerdo que compraba al principio las tortillas a 50 centavos (el kilo), ahorita están a 14 pesos. La leche estaba a seis pesos el litro y ahora a 15. Y el salario no ha crecido así. Trabajo en el rancho Los Pinos, me pagan 150 al día y me dan seis surcos. Esa es la tarea. Trabajamos duro para sacarla. Entramos a las 6:00 o 6:30 y salimos a la una de la tarde. Mi esposo ya no vive conmigo. Mantengo a mi niño de 12 años, y otras dos hijas viven aquí conmigo, en este cuarto que rento a 600 pesos el mes. Ellas también son jornaleras. Siento que no he ganado nada desde que estoy aquí. No tengo ni siquiera un terreno. Di un enganche de 500 pesos para comprar uno, y abonaba 200 a la semana, pero me enfermé y dejé de pagar. Ahora debo como diez mil pesos por pagos retrasados; yo creo que ya perdí mi terreno”.

  

Doña María


“Soy de San Martín Duraznos, del municipio San Sebastián Tecomaxtlahuaca, de Oaxaca. Tengo 38 o 39 años viviendo en San Quintín. Hoy tengo 45 años. Llegué con mi hermano y mi cuñada, que también son jornaleros. Mi mamá murió en Oaxaca y mi papá se quedó solo. No estudié. Empecé a trabajar a los siete años. En aquel entonces los ranchos recibían niños chiquitos. Yo estaba en una cuadrilla en el campo de Los Canelos (de empresarios sinaloenses que dejaron Baja California hace años). Quitábamos las yerbas de las patitas de la planta del tomate o juntábamos basura. Si se pasaba la fruta, nos ponían a pizcar. Nos daban bote chico. Los mayordomos decían que los niños trabajaban mejor que los grandes porque eran más ágiles y hacían todo como jugando. Los hijos de mi hermano no trabajaban. No tuve una infancia feliz, me faltaba mi mamá. A los 13 años conocí a mi esposo y me junté con él. Mi esposo viene también de Oaxaca. Los dos trabajamos mucho en la calabaza y el pepino. Yo trabajo ahora en moras y fresas; estoy en el rancho El Pocho, pero antes trabajé en La Campana, en Los Canelos, en San Marcos… allí dure unos ocho años. Trabajo por tarea de cinco surcos y me pagan 130 pesos. Si nos apuramos, empezamos a las 6:00 am y terminamos a las 11:00 am. Antes salíamos tarde por la fresa, pero con la huelga se echó a perder mucha fruta y ahora todo va a granel; cortamos bien poquita fresa, nos la pagan a diez pesos por caja y ya no la empacamos pues ya no es de calidad. Hay gente que rinde 28 o 30 cajas, yo hago 17 o 19 y los fines de semana llevo a mi chamaco que hace como diez. No me puedo quejar del rancho donde estoy. El patrón nos trata bien, nunca dice que no rendimos. A veces está atrasado un trabajo, le pide al mayordomo que nos quedemos, pero al día siguiente salimos más temprano. Hace tres años había mucha mora y no alcanzamos a cerrar el corte. Generalmente llevamos lonche, pero fuimos mañosos y dijimos ‘vámonos temprano’ y no llevamos lonche. El patrón dijo ‘échenme la mano’ y mandó traer no sé cuántos pollos, sodas y tortillas. Y ahora que ha habido huelga no se mete con nosotros. Cuando ya todo se calma podemos regresar a trabajar. Sí es necesario que suba el salario. Hace mucho pagaban 90 pesos, luego subieron a 110 y ahora estamos en 130 pesos el día. Con el patrón actual he trabajado cortando calabazas, pepinos, ahora fresa y mora. La mora se paga la caja a 15 pesos, cada caja tiene 12 basquetitos. En pepino el pago es a dos pesos bote, y la calabaza se paga por día, 130 pesos con horario de las 7:00 am a 2:30 pm. En otros ranchos como San Marcos, las jornadas eran de 6:00 o 7:00 am a 5:00. Sí me canso de estar agachada, si se cansa uno de trabajar. El problema que tengo ahorita del campo es carnosidad en los ojos, por la química, por lo que le echan a los productos. Me doy cuenta que es por eso cuando voy a la fresa y muevo la planta, se levanta el ahuate y cuando entra a mi ojo, no lo soporto, me molesta mucho. Hay otras personas que tienen este mismo problema. Hay compañeras que dicen que son alérgicas al ahuatito de la hoja de la fresa, lo que pasa es que lo fumigan y cuando se seca el polvito se levanta y cae en los ojos”.

    
Amalia Sánchez

“Soy de la Mixteca Alta, de Oaxaca. La primera vez que vine a San Quintín fue en 1988. Era una adolescente y venía con mi papá. Entonces la gente venía de mi pueblo y trabajaba ocho meses, juntaba unos centavitos y regresaba al pueblo. Los jóvenes veníamos en vacaciones escolares, en julio y agosto. Volví a venir en 1989 y conocí al que hoy es mi esposo. Somos del mismo pueblo pero nos conocimos aquí. Comenzamos a vivir en una colonia que se llama Barrio Pobre, en San Simón de Abajo, en la Delegación San Quintín. Los únicos ranchos cercanos para trabajar eran Los Canelos (que ya se fue) y Los Pinos. Cuando me embaracé por primera vez trabajé hasta que estuve a punto de dar a luz. No tenía Seguro Social. Antes las condiciones en los ranchos eran peores. Mi casa era de plástico. Hicimos nuestro cuarto con árboles del monte, como estructura y todo forrado de plástico. No había piso, ni luz, ni cama. Dormíamos en cartón. Usábamos velas. Era una pobreza extrema. Ese terreno era federal, aunque los de Los Pinos decían que era de ellos. No había agua y los de ese rancho llevaban pipas pero sólo daban agua a quienes trabajaban con ellos. Cortábamos tomate, pepino, fresa y calabazas. Cuando tuve a mi bebé, que hoy tiene 25 años, ya no me dieron trabajo. Sólo mi esposo trabajaba y su sueldo era insuficiente para comprar comida, para la ropa del bebé… Mi esposo se fue a trabajar a Estados Unidos y trajo un dinerito. Compramos un terreno. Nos llevamos la casa y la montamos allá. Luego tuve otros dos hijos. Él ha regresado a Estados Unidos. Ahora ya lleva diez años allá y no puede regresar fácilmente porque se fue de ilegal. Me manda dos mil o tres mil o cuatro mil pesos a la quincena. Digo que está bien, pero es triste porque él no ha estado al lado de nosotros. Ya la casa tiene tabiques, sigue estando mocha pero tiene agua, luz. Lo que no tengo es a mi marido. Dejé ya de ser jornalera hace seis años. Me quedó una bola aquí [en la espalda] porque cargaba botes de pepino y de tomate. Los pagaban a peso. Si quería ganar 150 pesos al día tenía que cargar 150 botes. Me ponía uno de un lado y otro del otro lado. Ahora trabajo en la organización de ex jornaleras Mujeres en Defensa de la Mujer (Naxihi na xinxe na xihi). Estoy en el área de salud reproductiva, apoyo a otras mujeres”.

  

*Testimonios levantados por Lourdes Rudiño y Guadalupe Casimiro Sierra.

Con excepción de Amalia Sánchez, los demás nombres son ficticios, para proteger la seguridad de las entrevistadas.

La Jornada del campo:http://www.jornada.unam.mx/2015/07/18/cam-jornaleras.html


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