Desde los fuegos del tiempo | Con el niño atravesado

Los helicópteros recorren rasantes la tangente de los árboles y disparan ojivas de gas lacrimógeno a la población de las orilladas de Oaxaca capital. El ataque dura un rato, no es un mero incidente. Ese mismo día  a Tehuacán lo bloqueó la gente por impedirle el paso a las oleadas de policía federal anunciadas. En Nochixtlán la gente se tardó en responder con piedras y cohetones el artero ataque con armas largas y pistolas por parte de policías parapetados en esquinas y paredes, tras árboles y coches. Dos imágenes quedarán indelebles en la memoria: la del policía con cara descompuesta por la avidez de herir que voltea, torvo, mientras recarga su escuadra; o las fotos que motivaron una de las agudas preguntas de Pedro Miguel en su columna Navegaciones: por qué si hay francotiradores policiales parapetados apuntando a la multitud, cerca de ellos conversan muy quitados de la pena, al descubierto, otros agentes. La respuesta, nada retórica, viaja rauda al corazón mismo de la ignominia y nuestro azoro: porque nadie los está atacando. Es clara la emboscada de las fuerzas del orden  contra la población civil inerme. Hay momentos larguísimos de rafagueo con bala viva sobre la gente.

Se desataron entonces marchas inesperadas en todos los rincones del país. La gente se volcó a las plazas en Monterrey, Chihuahua, Guadalajara, Xalapa, Tuxtla Gutiérrez, Chetumal, Mérida, Cuernavaca, DF, y muchos poblados y ciudades más que los medios no están dispuestos a reportar y en cambio insisten en mentir. “No iban armados los agentes”, dijeron primero. “Puro gas lacrimógeno”, dijeron después. Que las fotos ésas no son de ahí, que no son auténticas. Y hasta los metadatos de cada foto tuvieron que mostrar los fotógrafos de las agencias noticiosas para no dejarles mentir. Si pudiéramos redactar una lista de las tantas mentiras vomitadas por funcionarios y empresarios, del presidente para abajo en este sexenio, ese gobierno recibiría uno de esos récord Guiness a la confección más descarada (valga el oxímoron) de una máscara a modo para su siniestra mascarada.

Surgen las voces con los hartazgos atorados, las promesas traicionadas, las propuestas ignoradas, las abyectas reformas estructurales que no es posible aceptar, comenzando con la dizque reforma educativa que es claramente una reforma “laboral” que a cualquier persona que le he planteado que le va a afectar en lo personal se siente atacada: una “evaluación” que es, en directo, una ratificación de lealtad, calificada discrecionalmente, una especie de espada de Damocles permanente que amenaza a cualquier disidencia con ser despedida de mala manera pero eso sí, legalmente.

No es el único problema de la “reforma educativa” ni son sólo los maestros, o ya no son sólo ellos. Son los médicos, hartos de la inseguridad laboral y las escasas condiciones para ejercer su profesión. Son los radicalizados vecinos de cualquier localidad que, ante el fantasma del desabasto que el gobierno y las empresas agitan como trapo mojado (por lo menos desde que las derechas chilenas responsabilizaban a Salvador Allende y a su gobierno de “desabasto”), comienzan a tomar medidas para no dejar pasar los camiones de las grandes transnacionales: Coca-Cola, Pepsico y sus comidas chatarras, Nestlé, las cervezas industriales.

Son las luchas contra los megaproyectos, articulándose con más movimientos para resistir el despojo del agua que activa los despojos buscados por las mineras, las gaseras y su fracturación hidráulica, los invernaderos intensivos, las armadoras de autos.

Continúa el reclamo, justo y al fondo de lo ocurrido en la Noche de Iguala. Si alguna vez en Iguala nació la patria tricolor, hace dos años ahí se nos murió la patria. Nada será igual después de Iguala, por más que como nos ilustra Martín Tonalmeyotl, Iguala quiera decir “lugar redondo”, porque también puede querer decir “lugar encerrado”: uno de esos sitios donde se guardaban los trasiegos de la alquimia entre el oro y la sustancia de la ilusión.

Marchan sorprendentes también los miles de ayuuk por su territorio autogestionado. Revive la lucha de los jornaleros de San Quintín a partir de la matanza de Nochixtlán: “si son casi puro mixteco allá, a quién se le ocurre”, me dijo Andrés Barreda, “mira cómo increpan los alcaldes en su lengua a Peña Nieto y le restriegan que del país no entiende nada”.  Y si en San Quintín defienden su vida para que no se la arranquen con glifosato y sol a plomo las exportaciones mexicanas de hortalizas sostenidas con puro trabajo esclavo, esa mano de obra se logró desgarrando los tejidos de saberes comunitarios, desplomando la rentabilidad del quehacer campesino a punta de paquetes tecnológicos y semillas comerciales de las que los transgénicos son uno de los filos más extremosos.

Los hartazgos van superponiendo sus expresiones. También contra las consultas y su maña legitimadora de iniquidades. Como prueba está la pifia de Yuri Peña, funcionario de Cibiogem que llegó a promocionar los OGM al momento de una consulta insistiendo: “Libérense de los miedos: los europeos, que no son gente tan educada como creemos, sino también ignorantes, tuvieron temor a la palabra transgénico y por eso los rechazaron. Pero ellos tienen mucha lana para pagar cosas orgánicas, nosotros no” (La Jornada, 12 de julio).

Y crece la resistencia en las ciudades, por las lógicas propias de la gestión gubernamental tan sesgada: son los “city managers”, la venta descarada del espacio público con andadores y parquímetros, la destrucción de barrios, la promoción desmedida de obra mientras aumentan las filas de edificios fantasmas, el embotellamiento diseñado del tránsito, el corrupto manejo de la basura, la entrada de gasolinas de dudosa calidad, la inundación de los barrios habiendo escasez de agua potable, la desaparición y asesinato de muchachas, jóvenes y niños.

México entró en un tránsito que, como dijera el I Ching, implica un estado insostenible del que tendrán que ocurrir uno o muchos desenlaces.

“Estamos con el niño atravesado”, como decían nuestras abuelas en referencia al tránsito que es parir.

Buen camino, le decimos a este bebé que viene llegando. La rabia no alcanza para prefigurar un nuevo mundo, pero por lo pronto destierra los miedos, alerta los sentidos, convoca a las alianzas, pide y brinda reconocimientos.

Ramón Vera

Ramón Vera

Editor, investigador independiente y acompañante de comunidades para la defensa de sus territorios, su soberanía alimentaria y autonomía. Forma parte de equipo Ojarasca y Grain

Desinformémonos: https://desinformemonos.org/con-el-nino-atravesado/

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